TRES ROSAS PARA POE
¡Oh, Poe!, si te dijera que la Humanidad admira precisamente a los miserables como tú, Kafka o Van Gogh, no me creerías. ¡Pero así de caprichosos somos los humanos! Con su cara aniñada –pues era inseguro, melancólico e inestable, debido quizá a su orfandad–, nos recuerda nuestros recuerdos: “... pero nuestros pensamientos eran lentos y marchitos, / nuestros recuerdos eran traidores y marchitos”, escribe en esa maravilla, surgida del fondo de la noche, como es ‘Ulalume’. Él estaba sin dinero, como casi siempre, mientras que su esposa Virginia –se casó con apenas trece años– se iba consumiendo poco a poco y, en la única carta que se conserva, Poe le confiesa: “Mi corazón, mi querida Virginia... hubiera perdido yo todo coraje si no fuera por ti. Eres mi mayor y mi único estímulo para batallar contra esta vida inconciliable, insatisfactoria e ingrata”. En 1845 publicó su poema ‘El cuervo’, que le abrió las puertas de la fama y, con el tiempo, se convirtió en uno de los más memorables de la poesía de todos los tiempos: “... dile a esta pobre alma cargada de angustia, si en el lejano Edén podrá abrazar a una joven santificada a quien los ángeles llaman Leonor, abrazar a una preciosa y radiante doncella a quien los ángeles llaman Leonor”. El cuervo dijo: “Nevermore” (nunca más).